19 de mayo de 1810: El día en que los criollos exigieron el Cabildo Abierto

La mañana del sábado 19 de mayo de 1810 amaneció con una Buenos Aires sumida en la incertidumbre. El bando oficial publicado el día anterior por el virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros —donde confirmaba la caída de la Junta de Sevilla en España— lejos de calmar los ánimos, funcionó como el catalizador que los revolucionarios criollos estaban esperando.

Las reuniones clave: De la Jabonería a la Plaza
Durante las primeras horas del día, los líderes del movimiento patriota multiplicaron sus contactos. El foco principal de deliberación se concentró en la famosa jabonería de Hipólito Vieytes y en la casa de Nicolás Rodríguez Peña. Allí se reunieron Juan José Castelli, Manuel Belgrano, Juan José Paso, Antonio Luis Beruti y José Darragueira, entre otros.

El consenso fue absoluto: la autoridad del virrey había caducado porque el gobierno que lo había nombrado ya no existía. La soberanía, por derecho natural e histórico, debía retrovertir al pueblo de Buenos Aires.

La alianza con las milicias
Para que el reclamo tuviera fuerza real frente a las tropas leales a España, los revolucionarios necesitaban el respaldo de las armas. Por la tarde, una delegación se reunió con Cornelio Saavedra, el influyente jefe del Regimiento de Patricios.

Saavedra, que hasta entonces había sugerido prudencia y esperar a que la fruta estuviera madura, coincidió en que el momento límite había llegado. Con el control de las milicias criollas asegurado, el movimiento obtuvo el peso militar necesario para presionar directamente al poder virreinal.

Castelli y Belgrano reciben el mandato
Hacia el final de la jornada, el grupo revolucionario tomó una determinación operativa crucial. Se resolvió enviar una comitiva oficial al magistrado del Cabildo, el alcalde de primer voto Juan José de Lezica, y al propio virrey Cisneros.

Los designados para llevar adelante esta tensa misión diplomática fueron Juan José Castelli y Martín Rodríguez (en algunas crónicas respaldados por el propio Saavedra). El mandato que recibieron de sus compañeros era claro, directo y no admitía negociaciones: exigir la convocatoria inmediata a un Cabildo Abierto para que los vecinos notables de la ciudad decidieran la forma de gobierno futura.

Al caer la noche del 19 de mayo, la suerte estaba echada. Lo que había comenzado meses atrás como tertulias secretas de intelectuales y militares se convirtió, de manera formal, en un reclamo institucional que el virrey ya no podría ignorar.

El domingo 20 de mayo, la presión golpearía directamente las puertas del fuerte.

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