20 de mayo de 1810: El día que Saavedra le soltó la mano al Virrey

La jornada del domingo comenzó con el cumplimiento del mandato acordado la noche anterior.

El alcalde de primer voto del Cabildo, Juan José de Lezica, se presentó ante el virrey Cisneros para transmitirle la petición formal de los criollos: la convocatoria urgente a un Cabildo Abierto para definir el destino del gobierno.

Cisneros, intentando dilatar la situación, consultó al síndico procurador, Julián de Leyva, quien le aconsejó resistir la demanda.

El ambiente en la Plaza Mayor (actual Plaza de Mayo) y en las galerías de la recova se volvía cada vez más espeso, custodiado de cerca por los «chisperos» revolucionarios liderados por Domingo French y Antonio Beruti.

La reunión crucial en el Fuerte
Desesperado por medir su verdadero poder de resistencia, Cisneros convocó a las siete de la tarde a una reunión de urgencia en el Fuerte de Buenos Aires. Sentó a su mesa a los jefes de todos los cuerpos militares de la ciudad. Su objetivo era directo: saber si las armas coloniales reprimirían un eventual levantamiento criollo.

Allí estaban presentes los comandantes españoles y, fundamentalmente, los jefes de las milicias criollas, con Cornelio Saavedra (jefe del Regimiento de Patricios) a la cabeza.

La histórica negativa de Saavedra
Cuando el virrey les exigió una declaración de lealtad absoluta y apoyo militar para sostenerse en el cargo, se produjo el quiebre definitivo de la legalidad colonial. Tomando la palabra en nombre de las milicias, Saavedra pronunció una respuesta lapidaria que las crónicas de la época inmortalizaron:

«Señor, no es este el tiempo de 1806 ni de 1807. […] El que a Vuestra Excelencia dio la autoridad para mandarnos ya no existe; por consiguiente, Vuestra Excelencia tampoco la tiene. No cuente con las fuerzas a mi mando para sostenerse en ella.»

Cisneros comprendió en ese instante que el poder militar real de Buenos Aires ya no le pertenecía. Sin el apoyo del Regimiento de Patricios y de los demás cuerpos nativos, cualquier intento de resistencia armada contra los patriotas era un suicidio.

El ultimátum de la noche
Mientras la reunión con los militares terminaba de sellar la suerte del virrey, Juan José Castelli y Martín Rodríguez ingresaron al Fuerte por la noche. Redoblando la apuesta, se presentaron directamente ante Cisneros de manera desafiante para exigirle, cara a cara, una respuesta inmediata a la petición del Cabildo Abierto.

Acorralado, sin respaldo político de España, desautorizado por el Cabildo y abandonado por los jefes militares locales, Cisneros no tuvo más opción que ceder. Con amargura, pronunció la frase que abrió las puertas de la revolución: «Puesto que el pueblo no me quiere y el ejército me abandona, hagan ustedes lo que quieran».

Al terminar el 20 de mayo, la convocatoria al Cabildo Abierto para el martes 22 ya era un hecho inevitable. La revolución había ganado su primera gran batalla institucional.

Foto: Archivo propio IA.

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