23 de mayo de 1810: El día del escrutinio oficial y la trampa del Cabildo

La mañana del miércoles comenzó con la expectativa del recuento de los votos emitidos durante la larguísima sesión del Cabildo Abierto del día anterior. El escrutinio final, terminado de procesar por la mañana, no dejó lugar a dudas: 155 vecinos habían votado por la destitución del virrey Cisneros, mientras que solo 69 se habían manifestado a favor de su continuidad.

Inmediatamente, el Cabildo redactó y publicó un bando oficial para notificar a la población el resultado de la votación: el poder del virrey había caducado de manera formal y la autoridad recaía temporalmente en el Cabildo de Buenos Aires hasta que se formara una junta de gobierno.

La indignación de la multitud
Al conocerse la noticia, la alegría y el alivio recorrieron las calles de la ciudad. Sin embargo, la euforia criolla se transformó rápidamente en sospecha cuando se leyó la letra chica del bando. El documento informaba que el Cabildo se autoasignaba la facultad de elegir a los miembros de la nueva junta, y que el exvirrey Cisneros permanecería de forma provisoria al mando de las fuerzas militares.

Para los líderes de la revolución y la militancia popular (los «chisperos»), esto era una provocación inaceptable. Significaba que, aunque Cisneros perdiera el título de virrey, mantendría el control de las armas, pudiendo reprimir el movimiento patriota en cualquier momento.

La maniobra secreta de los capitulares
Aprovechando la aparente calma de la tarde, los miembros del Cabildo (en su mayoría comerciantes y funcionarios españoles conservadores) se reunieron a puertas cerradas. Liderados por el síndico procurador Julián de Leyva, comenzaron a diseñar una trampa política para burlar el espíritu de la votación del día anterior.

La estrategia consistía en crear una junta de cinco miembros donde el mismísimo Baltasar Hidalgo de Cisneros fuera el presidente y jefe militar, acompañado por dos españoles conservadores y solo dos criollos (Cornelio Saavedra y Juan José Castelli) para dar una falsa imagen de equilibrio. El objetivo era claro: cambiar los nombres para que, en la práctica, nada cambiara.

El cierre de un día engañoso
Mientras la noche caía sobre Buenos Aires, las esquelas con los nombres de la nueva junta ya estaban listas para hacerse públicas al día siguiente. Los capitulares creyeron haber ganado la partida mediante la astucia legal, sin sospechar que al firmar esa lista estaban encendiendo la mecha de la indignación popular más violenta de toda la semana. El 24 de mayo, la respuesta criolla se haría sentir con furia.

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