25 de mayo de 1810: El grito de libertad bajo la lluvia y el nacimiento de la Patria

La noche anterior había sido una vigilia de febril actividad política. Tras la disolución de la junta trampa que intentó imponer el Cabildo, los patriotas se habían reunido en la casa de Rodríguez Peña para confeccionar una lista propia de gobernantes. El tiempo de las concesiones con el pasado colonial se había terminado.

Una plaza en vigilia y enardecida
Desde las primeras horas de la mañana, la Plaza de la Victoria (actual Plaza de Mayo) comenzó a poblarse. Los «chisperos» de la revolución, comandados por Domingo French y Antonio Beruti, movilizaron a una multitud decidida. Muchos de ellos lucían cintas en sus sombreros y chaquetas, y portaban armas ocultas bajo los capotes.

La tensión se trasladó al interior del Cabildo, donde los capitulares deliberaban a puertas cerradas. Al notar que el debate se dilataba de manera sospechosa y que la lluvia arreciaba, la impaciencia ganó la calle. Un grupo de manifestantes logró irrumpir en las galerías altas del edificio. Las crónicas de la época registraron el grito que sintetizó el reclamo de toda una generación: «El pueblo quiere saber de qué se trata».

La pérdida total del control militar
Acorralados por el ruido de la plaza, los miembros del Cabildo asomaron al balcón y exigieron la dispersión de la multitud, argumentando que no podían deliberar bajo la amenaza de la violencia. Fue en ese instante cuando la estructura del virreinato terminó de cruzar el punto de no retorno.

Los comandantes de las milicias criollas dejaron en claro que sus tropas compartían el reclamo popular. Cuando los capitulares preguntaron si se sostendría el orden por la fuerza de las armas, la respuesta de los oficiales criollos fue tajante: los soldados no solo no reprimirían al pueblo, sino que estaban listos para unirse a él si las demandas no eran satisfechas de inmediato. Sin el aparato militar, el Cabildo se descubrió totalmente desnudo de poder.

El nacimiento del primer Gobierno Patrio
Sin margen para nuevas maniobras legales y ante la renuncia indeclinable y definitiva de Baltasar Hidalgo de Cisneros, los capitulares no tuvieron más opción que aceptar la lista presentada por los patriotas.

Pasadas las tres de la tarde, desde el balcón del Cabildo, se leyó formalmente el bando que anunciaba la constitución de la Junta Provisional Gubernativa de las Provincias del Río de la Plata, pasando a la historia como nuestra Primera Junta.

El nuevo gobierno combinaba distintas sensibilidades del pensamiento rioplatense, quedando integrado por:

Presidente y Comandante de Armas: Cornelio Saavedra (jefe de los Patricios, la pata militar moderada).

Secretarios: Mariano Moreno y Juan José Paso (los intelectuales y abogados encargados de la gestión institucional).

Vocales: Juan José Castelli, Manuel Belgrano, Miguel de Azcuénaga, Manuel Alberti, Domingo Matheu y Juan Larrea.

Aunque formalmente la Junta juró fidelidad al rey Fernando VII (una estrategia diplomática conocida como la «máscara de Fernando» para evitar una declaración de guerra inmediata por parte de las potencias europeas), en la práctica significó la ruptura irreversible con el orden colonial. Aquel 25 de mayo, bajo la lluvia de Buenos Aires, el Río de la Plata comenzó a escribir, con mano propia, las primeras líneas de su libertad.

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