Argentina se ha posicionado como el país líder en consumo de azúcar y productos ultra-procesados en América Latina, una realidad preocupante que afecta la salud de su población. Con un promedio de 115 gramos diarios de azúcar por persona, Argentina supera ampliamente la recomendación de la Organización Mundial de la Salud (OMS) de no consumir más de 50 gramos diarios, y aún más la recomendación ideal de 25 gramos diarios para obtener beneficios adicionales para la salud.
El alto consumo de azúcar en Argentina se debe a varios factores. En primer lugar, hay una fuerte presencia de productos azucarados en la dieta diaria de los argentinos. Bebidas gaseosas, golosinas y productos de pastelería son consumidos en grandes cantidades. Además, la cultura alimentaria local tiende a incluir alimentos y bebidas con alto contenido de azúcar como parte de la rutina diaria, desde el desayuno hasta las meriendas.
Además del azúcar, Argentina lidera el consumo de productos ultra-procesados con 195 kilos per cápita por año, según un informe de la Organización Panamericana de la Salud. Estos productos, que incluyen snacks, bebidas azucaradas, comidas rápidas y alimentos empaquetados, representan el 35% del aporte calórico diario en la alimentación de niños y adolescentes argentinos. La facilidad de acceso, el bajo costo y la fuerte publicidad de estos productos contribuyen significativamente a su alto consumo.

El consumo excesivo de azúcar y productos ultra-procesados tiene graves consecuencias para la salud. Enfermedades crónicas no transmisibles como la diabetes, la obesidad y las enfermedades cardiovasculares están en aumento, y estos hábitos alimentarios son un factor clave. La ingesta elevada de azúcar y grasas saturadas presentes en los ultra-procesados contribuye al desarrollo de estas enfermedades, afectando tanto a adultos como a la población infanto-juvenil.
Para combatir este problema, Argentina ha implementado medidas como el etiquetado frontal de alimentos, que busca informar a los consumidores sobre el contenido crítico de los productos que consumen. Sin embargo, la efectividad de estas medidas depende en gran parte de la educación y concienciación de la población sobre la importancia de una alimentación saludable.

Además, es necesario aumentar la disponibilidad y accesibilidad de alimentos saludables. En un contexto inflacionario y de disminución del poder adquisitivo, el precio de los alimentos se convierte en un factor determinante en las decisiones de compra de las familias. Por lo tanto, políticas públicas que promuevan la producción y el acceso a alimentos bajos en azúcar y grasas, a precios accesibles, son esenciales para lograr un cambio significativo.
Fotos: Web.
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