El arte tiene el poder de sanar, y la historia de Lucía Nájera Islas es una prueba irrefutable de ello. Creadora de la marca Pluviofilia, esta joven emprendedora visitó el ciclo de entrevistas Tengo una idea para compartir el camino de luces y sombras que la llevó a convertirse en una artista textil cuyos diseños, hechos íntegramente a mano, hoy son solicitados desde lugares tan lejanos como Estados Unidos, Chile y Brasil [18:04].
El talento interrumpido por el bullying
La pasión de Lucía por el arte manual nació en su hogar. Viendo a su madre, Argentina, trabajar como modista, a los 10 años sintió el deseo de crear su propia ropa. Comenzó haciendo chalecos y accesorios a crochet de manera autodidacta. Sin embargo, este impulso creativo se topó con la crueldad del entorno escolar.
«Sufrí bullying desde siempre… llevaba mis cositas al colegio en los recreos y una vez encontré todas mis cosas en el tacho de basura. Me decían: ‘no servís para nada, esto es horrible'», relata Lucía con entereza. Ese episodio la devastó al punto de abandonar las agujas por completo durante toda su adolescencia, refugiándose únicamente en la lectura y esporádicamente en la pintura [03:04].
La pandemia y un sueño revelador
El renacer de su vocación llegó años después, de la mano de dos eventos transformadores: la pandemia de 2020 y su primer embarazo. Mientras el mundo se detenía, Lucía esperaba a su hijo León y sentía la necesidad de crear algo especial para él.
«Soñé con una prenda una noche y dije ‘eso le puede entrar’. Fui haciéndolo y me aburrieron esas cosas sin diseño, entonces aprendí a hacer mis propios diseños y ahí empezó Pluviofilia», cuenta sobre el origen místico de su emprendimiento. Además, confiesa que sintió ese sueño como un mensaje de su padre fallecido en 2013, a quien siempre le pide guía espiritual [06:44].
Identidad, herencia y arte sin máquinas
Hoy, el trabajo de Lucía escapa a las lógicas de la moda industrial. Sus prendas son lienzos donde plasma historias, películas (como su admirada El viaje de Chihiro) y homenajes. No utiliza computadoras ni máquinas de tejer; cada diseño comienza en hojas cuadriculadas donde cuenta los puntos y elige entre más de 115 colores de lana disponibles. Una sola prenda puede llevarle hasta un mes de dedicación exclusiva [12:14].
En este proceso, el vínculo con su madre, aquella modista que la inspiró, sigue intacto: mientras Lucía diseña y teje, Argentina se encarga de coser los forros, poner las etiquetas y los botones. «Es herencia, es lo que me transmitió mi madre, es la identidad de uno», reflexiona [09:42].
Con la mirada puesta en el futuro, Lucía sueña con tener su propio atelier y llevar sus monumentales cuadros tejidos a los museos. Una meta ambiciosa para alguien que, tras superar el acoso y la inseguridad, hoy puede afirmar con orgullo: «Todo lo que me pasó me fortaleció. Ahora digo ‘dale, vos podés, mostrá lo que hacés'» [19:25].
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