Este 5 de abril, al conmemorarse un nuevo aniversario de la Batalla de Maipú (1818), la historia nos invita a mirar más allá de las tácticas militares y los cañones. Detrás de la victoria definitiva que aseguró la independencia de Chile, existe una de las alianzas políticas y humanas más inquebrantables de la gesta emancipadora: la relación entre el General José de San Martín y el Director Supremo Bernardo O’Higgins.
Dos hombres, un solo plan continental
A diferencia de otros procesos libertadores marcados por luchas de ego y traiciones internas, el vínculo entre el argentino y el chileno se fundó en una confianza absoluta. Se conocieron en un momento crítico: tras el desastre de Rancagua en 1814, O’Higgins debió cruzar la cordillera hacia Mendoza con los restos de su ejército. Allí, San Martín no solo lo recibió como a un igual, sino que vio en él al aliado estratégico necesario para su ambicioso Plan Continental.
Ambos compartían la pertenencia a la Logia Lautaro, una sociedad secreta con ideales de libertad e ilustración que funcionó como el código de honor que rigió sus acciones. San Martín, con su visión de estratega, y O’Higgins, con su ímpetu y conocimiento del terreno, formaron un binomio que hoy, en pleno 2026, sigue siendo estudiado como un modelo de cooperación internacional.
El Abrazo de Maipú: Lealtad en la victoria
El hito máximo de esta relación ocurrió en el campo de batalla de Maipú. O’Higgins, herido en un brazo tras la derrota previa en Cancha Rayada, no podía combatir, pero al enterarse de que la victoria estaba cerca, montó su caballo y llegó al encuentro de San Martín.
El «Abrazo de Maipú» no fue solo un gesto para las cámaras de la historia (o los óleos de la época). Fue el reconocimiento mutuo de dos hombres que habían arriesgado todo. «¡Gloria al salvador de Chile!», exclamó el chileno. San Martín, rechazando siempre los honores políticos para sí mismo, insistió en que O’Higgins fuera quien gobernara la nación liberada, mientras él se enfocaba en el siguiente paso: la liberación del Perú.
El sacrificio por un ideal mayor
La lealtad de O’Higgins fue puesta a prueba cuando tuvo que vaciar las arcas de un Chile recién nacido para financiar la Escuadra Libertadora del Perú. A pesar de las críticas internas y la inestabilidad política, el líder chileno cumplió su palabra con San Martín. Sin ese apoyo logístico y financiero, el desembarco en Paracas y la posterior independencia peruana hubieran sido imposibles.
El ocaso y el exilio compartido
El final de sus vidas guarda un paralelismo melancólico. Ambos terminaron alejados de las tierras que liberaron, víctimas de las guerras civiles y la ingratitud de sus contemporáneos. Mientras San Martín se instalaba en Europa, O’Higgins partía al exilio en Perú.
A través de cartas, mantuvieron su amistad hasta el final. San Martín conservó siempre un retrato de su amigo en su habitación de Boulogne-sur-Mer.
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