Hay imágenes que no se borran de la retina: Travis Bickle, de pie frente al espejo, practicando su desenfunde mientras un Checker Cab amarillo descansa bajo la lluvia de neón de una Nueva York que parece consumirse en su propia desidia.
Taxi Driver, la obra maestra de Martin Scorsese con guion de Paul Schrader, se estrenó originalmente el 8 de febrero de 1976 en Estados Unidos y, tras una espera de varios meses, llegó a los cines de Argentina el 19 de agosto del mismo año. La película no fue solo un ejercicio técnico de encuadres y luces; fue una disección cruda de la alienación y la soledad urbana de un veterano de Vietnam que se describía a sí mismo como «el hombre solitario de Dios».
La Nueva York de los 70, con su basura acumulada, la prostitución a plena luz del día y la decadencia política encarnada en la campaña del senador Palantine, funcionaba como un espejo roto de la mente de Travis. Desde el mohicano que se corta antes del clímax hasta la perturbadora escena final donde la prensa lo canoniza como un héroe tras la masacre en el burdel para salvar a la joven Iris, el filme dejó una herida abierta sobre la moralidad y la violencia.

El vigilantismo como algoritmo
Hoy, en esta entrega de Continuará…, retomamos ese legado pero desde una perspectiva actual donde el trauma ya no se oculta en callejones oscuros, sino que se procesa a través de la vigilancia masiva y el consumo digital de la tragedia. La propuesta se aleja de la nostalgia barata para explorar la Anatomía del Datacrimen.
En una Nueva York gentrificada, donde los viejos burdeles han sido reemplazados por rascacielos de cristal y cámaras con reconocimiento facial, el mal se ha vuelto sistémico. La trama nos sitúa cincuenta años después de los eventos originales: el incidente de Bickle ya no es un recuerdo borroso, sino un hito de la cultura de masas que ha generado un fenómeno perturbador conocido como el «Culto a Bickle» en redes sociales.
Grupos de jóvenes alienados, que nunca vivieron la suciedad de los 70, idealizan la figura del taxista justiciero a través de foros oscuros y transmisiones en vivo, convirtiendo su inestabilidad mental en una estética aspiracional.

Robert De Niro.
La trama: El retorno del hombre solitario de Dios
La historia sigue a una joven documentalista, interpretada por Anya Taylor-Joy, quien llega a Manhattan con el objetivo de filmar un especial sobre el impacto de la violencia de los vigilantes. Su camino se cruza con el de un anciano Travis Bickle, interpretado nuevamente por Robert De Niro, quien vive recluido en un monoambiente en Queens, rodeado de recortes de diarios viejos y un televisor que solo emite estática.
Travis no es el héroe que el internet cree; es un hombre quebrado por el peso de su propia leyenda. A medida que la investigadora profundiza, descubre que un imperio de seguridad privada, liderado por un oscuro ejecutivo corporativo encarnado por Mads Mikkelsen, está utilizando grabaciones inéditas de las cámaras del taxi de Travis de los años 70 para entrenar un software de predicción de crímenes.
Travis deberá salir de su retiro, no para limpiar las calles con un arma, sino para destruir el sistema de vigilancia que utiliza su propio trauma como combustible.

Anya Taylor-Joy.
Un enfoque sociológico: Del Checker Cab al Data Center
Bajo la dirección de Denis Villeneuve, la película propone un enfoque estético frío y opresivo, donde el antiguo taxi amarillo aparece como una reliquia oxidada que guarda secretos analógicos en un mundo de datos.
El conflicto no es solo físico, sino una batalla por la narrativa: la protagonista debe decidir si expone la verdad sobre la manipulación de datos o si se convierte en una pieza más del espectáculo mediático.
La presencia de De Niro le otorga a la cinta una gravedad melancólica, mostrando que la redención no es un acto final de violencia, sino la aceptación de la propia sombra.
Esta secuela plantea que la verdadera amenaza no está en los callejones, sino en los servidores que deciden quién es un ciudadano y quién es una amenaza, demostrando que la sombra del vigilante nunca se fue, simplemente aprendió a vigilar a través de millones de pantallas.
Foto: Archivo propio IA.
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