Las puertas del Cabildo de Buenos Aires se abrieron temprano aquella mañana de martes. De los 450 vecinos notables que habían recibido la esquela impresa a contrarreloj el día anterior, solo 251 lograron ingresar. El resto prefirió quedarse en sus casas por temor, o bien fue bloqueado en los accesos por las milicias criollas y los «chisperos» de French y Beruti, quienes controlaban las esquinas estratégicas de la Plaza de la Victoria para asegurar una mayoría patriota.
La asamblea general comenzó cerca de las diez de la mañana. Lo que estaba en juego no era un asunto administrativo menor, sino una pregunta que cambiaría el continente para siempre: ¿Debía continuar el virrey en su cargo o no? Y en caso negativo, ¿quién debía asumir el gobierno?
El choque ideológico: Lué contra Castelli
El debate comenzó con la lectura de los motivos de la convocatoria por parte del Cabildo, pero la temperatura política subió de inmediato cuando tomó la palabra el obispo de Buenos Aires, Benito Lué y Riega. Representando la postura más conservadora y leal a la Corona, Lué lanzó una advertencia categórica: sostuvo que mientras existiera un solo español en estas tierras, ese español tenía el derecho legítimo de gobernar a los americanos, y que el virrey solo debía ceder su poder si España caía por completo.
La respuesta criolla no se hizo esperar y llegó con la brillante elocuencia de Juan José Castelli. El abogado e intelectual revolucionario pronunció un discurso que desarmó la lógica teológica y jurídica del obispo. Castelli esgrimió la teoría de la «retroversión de la soberanía»: argumentó que, estando el rey Fernando VII prisionero de Napoleón y disuelta la Junta Central de Sevilla que había nombrado a Cisneros, el poder político había regresado legítimamente al pueblo de Buenos Aires. Por lo tanto, el pueblo tenía el derecho absoluto de darse una nueva autoridad.
El matiz de la prudencia: La postura de Villota y Paso
El debate continuó durante horas. El fiscal de la Real Audiencia, Manuel Genaro Villota, intentó frenar el ímpetu revolucionario con un argumento legalista: afirmó que Buenos Aires no podía decidir por sí sola el destino de todo el Virreinato del Río de la Plata sin consultar antes a las demás provincias interiores.
Fue Juan José Paso quien destrabó la encrucijada con una metáfora jurídica perfecta: argumentó que Buenos Aires debía actuar de inmediato como una «hermana mayor» que asume la tutela de urgencia ante una casa que se está incendiando, gestionando el gobierno provisorio con el compromiso de convocar lo antes posible a los diputados del resto del territorio.
La votación de la medianoche
Hacia el final de la tarde, la discusión teórica dio paso a la acción. El comandante de los Patricios, Cornelio Saavedra, propuso formalmente que el virrey cesara en el mando y que el poder fuera asumido de manera interina por el Cabildo, hasta la formación de una junta propia de gobierno.
La votación comenzó ya entrada la noche, bajo la luz tenue de las velas y en medio de un clima de extrema tensión. Debido a la gran cantidad de asistentes y a que cada vecino debía justificar su voto de viva voz, el escrutinio se extendió hasta altas horas de la madrugada del miércoles 23.
Al terminar la jornada del 22 de mayo, la suerte de Cisneros ya estaba echada de forma irreversible: la abrumadora mayoría de los votos emitidos exigía su destitución inmediata.
El poder colonial en el Río de la Plata acababa de sufrir una herida de muerte.
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