A solo seis días de haber asumido el poder, la ilusión de una transición pacífica se desvaneció por completo en Buenos Aires.
Los primeros informes de los mensajeros confirmaron los peores temores de la Primera Junta: en Córdoba se estaba gestando un foco contrarrevolucionario fuertemente armado, decidido a marchar sobre la capital para derrocar al gobierno criollo y restituir el poder colonial.
El peso de un héroe enemigo
Lo que hacía verdaderamente dramática la situación era el nombre de quien lideraba el levantamiento realista en el interior: Santiago de Liniers. El conde de Buenos Aires, el mismísimo héroe de las Invasiones Inglesas que había salvado a la ciudad en 1806 y 1807, se aliaba ahora con el gobernador cordobés Juan Antonio Gutiérrez de la Concha y el obispo Rodrigo de Orellana para jurar fidelidad absoluta al Consejo de Regencia español.
Para los patriotas, el prestigio popular de Liniers representaba una amenaza mortal. Si su figura lograba aglutinar el descontento de otras provincias, la Revolución moriría en su cuna.
Mariano Moreno y el rigor de la salud pública
Ante una encrucijada que ponía en juego la existencia misma de la patria naciente, la Junta se reunió en el Fuerte en un clima de extrema gravedad. Fue el secretario de Gobierno y Guerra, Mariano Moreno, quien impuso la línea más dura y pragmática, convencido de que cualquier muestra de debilidad o vacilación sería interpretada como temor por los enemigos de la causa.
Bajo el impulso determinante de Moreno, la Junta dictó una orden secreta terminal. Se dispuso el envío inmediato del Ejército Auxiliador al norte, pero con una instrucción explícita e irrevocable para su comandante: los cabecillas de la rebelión cordobesa debían ser capturados y fusilados inmediatamente en el lugar donde fueran hallados, sin importar su rango, sus títulos o los pasados servicios prestados a la comunidad. No habría juicio formal, ni traslados a Buenos Aires que pudieran dar margen a rescates o revueltas populares.
La Revolución cruza el punto de no retorno
La firma de este decreto secreto marcó el bautismo de sangre del gobierno patrio. Al estampar sus firmas en aquel documento, hombres como Cornelio Saavedra, Manuel Belgrano y el propio Moreno supieron que dejaban atrás los argumentos puramente legales de la Semana de Mayo.
A partir de ese 31 de mayo de 1810, la Revolución demostró a sus enemigos, y a sí misma, que estaba dispuesta a apelar a la máxima severidad del derecho de guerra para defender la soberanía del pueblo rioplatense. El proceso de emancipación había cruzado una línea irreversible: la patria ya no solo se proclamaba, ahora se defendía a sangre y fuego.
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