Es una de las imágenes más repetidas y espectaculares del cine de acción: una bomba estalla y, de inmediato, los protagonistas salen despedidos por el aire, aterrizando a varios metros de distancia.
Aunque Hollywood suele exagerar los efectos para hacerlos más dramáticos, este fenómeno es completamente real. En una detonación de gran magnitud, los cuerpos de las personas y los objetos cercanos son lanzados con una fuerza brutal.
Sin embargo, a diferencia de lo que muchos creen, no es el fuego, el calor ni el miedo lo que empuja a una persona por los aires.
El cuerpo de un ser humano sale expulsado en una explosión debido a la «onda de choque», una pared invisible de aire hipercomprimido que se desplaza a velocidades supersónicas y actúa como un verdadero martillo sólido al impactar contra cualquier superficie.
El nacimiento de la onda de choque
Para entender la física detrás de este fenómeno, primero debemos comprender qué ocurre exactamente durante una explosión. Una detonación es, en esencia, una reacción química ultraveloz que transforma un material sólido o líquido en una cantidad inmensa de gases calientes en apenas una fracción de milisegundo.
Estos gases necesitan espacio de forma inmediata y se expanden de manera violenta hacia afuera. Al hacerlo, empujan con una fuerza descomunal el aire que los rodea. Ese aire circundante se comprime tanto y tan rápido que genera una perturbación física conocida como onda de choque u onda de presión. Esta onda viaja hacia todas las direcciones más rápido que la velocidad del sonido (superando los 1.235 kilómetros por hora).

El «viento de la explosión»: Un muro invisible
Cuando esa onda de choque avanza, genera dos fases físicas consecutivas que explican el desplazamiento del cuerpo:
. La fase positiva (El empujón inicial): En la parte delantera de la onda, la presión atmosférica se multiplica exponencialmente en milisegundos. Para el cuerpo humano, recibir este impacto no es como sentir una ráfaga de viento fuerte; es el equivalente físico a ser golpeado de frente por un camión o una pared de concreto en movimiento. Es esta tremenda transferencia de energía cinética la que rompe la inercia del cuerpo y lo lanza por el aire.
. El viento de desplazamiento: Inmediatamente detrás de la onda de presión concentrada, viene una masa de aire en movimiento térmico llamada «viento de la explosión». Este viento puede alcanzar velocidades de cientos de kilómetros por hora, actuando como un propulsor secundario que arrastra y mantiene el cuerpo volando durante su trayectoria.
La física del trauma por explosión
En la medicina forense y militar, este fenómeno se estudia bajo el nombre de traumatismo por explosión terciario. Mientras que los daños primarios ocurren internamente por el cambio brusco de presión en órganos con aire (como los pulmones y los oídos), los daños terciarios son causados específicamente por la aceleración física del cuerpo.
La distancia que recorre una persona en el aire depende de la cantidad de energía liberada por el explosivo y de la distancia original al centro de la detonación. Físicamente, el peligro real de «salir volando» no es el viaje por el aire en sí, sino la desaceleración abrupta: el impacto final contra el suelo, paredes o estructuras sólidas, que es donde se producen la mayoría de las fracturas y lesiones graves.
Conclusión: La solidez del aire
Tendemos a pensar en el aire como algo incorpóreo y liviano, pero la física nos demuestra que, bajo las condiciones adecuadas de velocidad y compresión, puede comportarse con la rigidez de una roca.
La próxima vez que veas una escena de acción donde una detonación empuja a los personajes, sabrás que el director no está inventando las leyes de la física. Sabías que una explosión te hacía volar, pero no tanto que el responsable de lanzarte por los aires es el propio aire de la atmósfera, transformado por una fracción de segundo en un muro invisible y supersónico.
Foto: Archivo propio IA.
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