El 29 de julio de 1966, la educación pública y el desarrollo científico de la Argentina sufrieron uno de los ataques más violentos y devastadores de su historia. Apenas un mes después del golpe de Estado que derrocó al presidente constitucional Arturo Illia, el régimen militar encabezado por el general Juan Carlos Onganía promulgó el Decreto-Ley 16.912, que suprimía la autonomía universitaria y el gobierno tripartito en las universidades nacionales. La respuesta de la comunidad académica no se hizo esperar: autoridades, docentes y estudiantes decidieron ocupar pacíficamente varias sedes de la Universidad de Buenos Aires (UBA) en defensa de la libertad de cátedra y la democracia institucional.
La noche de ese mismo día, la represión estatal se ejecutó de forma despiadada. Fuerzas de la Policía Federal Argentina, provistas de bastones largos, gases lacrimógenos y camiones hidrantes, irrumpieron brutalmente en las facultades de la UBA, concentrando su mayor nivel de violencia en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales (entonces ubicada en la calle Perú) y en la Facultad de Filosofía y Letras. Científicos, profesores de renombre internacional y alumnos fueron golpeados de manera sistemática, obligados a pasar por «dobles filas» de efectivos armados y detenidos en masa. Entre las víctimas de la golpiza se encontraba el docente estadounidense Warren Ambrose, profesor del prestigioso Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), cuya carta pública al periódico The New York Times denunciando la barbarie policial tuvo una resonancia mundial inmediata.
Las consecuencias institucionales y humanas de aquella jornada, trágicamente bautizada como la Noche de los Bastones Largos, fueron incalculables. Como protesta irrenunciable ante la censura y la violencia ejercida por la dictadura, más de 1.300 docentes e investigadores presentaron sus renuncias. Cientos de los cerebros más brillantes del país, que habían posicionado a la UBA en la cúspide de la investigación científica e intelectual de América Latina, se vieron forzados al exilio. Figuras clave de la ciencia y las humanidades encontraron cobijo en instituciones académicas de Venezuela, México, Estados Unidos y Europa, dando inicio al episodio de «fuga de cerebros» más masivo y doloroso en la historia nacional.
A 60 años de aquel quiebre trágico, la memoria de la Noche de los Bastones Largos se erige como un recordatorio indispensable sobre el valor inestimable de la autonomía universitaria, el pensamiento crítico y la inversión en investigación científica como pilares soberanos para el desarrollo de la sociedad.
Seguí leyendo sobre