Hay experiencias de las que no se “sale” rápido. El duelo es una de ellas. Sin embargo, vivimos en una cultura que intenta apurar el dolor, minimizarlo o convertirlo en algo que debería resolverse en pocas semanas.
Como especialista en duelo natural, dedicada al trabajo con parejas y familias, con formación en neurociencias y terapia cognitivo conductual, observo con frecuencia cómo las personas no solo sufren por lo que perdieron, sino también por la presión de sentirse mejor antes de estar preparadas e integrar el dolor a su propia historia.
El duelo es un proceso de reorganización interna frente a una ausencia significativa. Y esa ausencia no siempre es la muerte de un ser querido. También se duela una separación, la infertilidad, la pérdida de un proyecto, un diagnóstico de salud, una mudanza inesperada o incluso la versión de uno mismo que ya no existe. Cada pérdida confronta identidad, expectativas y sentido.
Desde la neurociencia sabemos que el cerebro necesita tiempo para reconfigurar los circuitos de apego. Desde la clínica entendemos que cuando el dolor se niega o se acelera, no desaparece: se desplaza y puede expresarse en ansiedad, irritabilidad, culpa o desconexión emocional.

En mi libro «Habitar la ausencia» profundizo en la diferencia entre un duelo que sigue su curso natural y aquellos procesos que se complejizan. También desarrollo cómo el impacto de la pérdida toca la autoestima. Porque no solo se pierde algo o alguien: se transforma la narrativa que sostenía quién era yo en ese vínculo.
Profundizo también en cómo las pérdidas actuales reactivan heridas tempranas, la herida paterna y la herida materna, y traumas de la infancia que influyen en la manera en que hoy atravesamos el sufrimiento.
Mi enfoque está orientado a que la persona pueda integrarse con su dolor, no luchar contra él. Integrar es aceptar que la pérdida forma parte de la historia sin que defina toda la identidad.
Integrar el duelo implica aceptar que la pérdida forma parte de la historia sin que se convierta en la totalidad de la identidad. No se trata de olvidar ni de “superar”, sino de transformar el vínculo externo en un vínculo interno que acompañe sin paralizar.
El libro culmina abordando el perdón como un acto de inteligencia emocional: no como justificación del daño, sino como liberación interior. Cuando el dolor se integra en lugar de negarse, puede convertirse en un punto de inflexión. No romantizo la pérdida. La humanizo. Y cuando el duelo es acompañado con respeto y conocimiento, puede abrir camino a una versión más consciente y fortalecida de uno mismo.
Natalia Sánchez
Psicóloga
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