Una niña de 8 años invadida por la angustia no logra conciliar el sueño por las noches. Un adolescente se encierra en su cuarto y no sabe cómo poner en palabras lo que siente. Otro se lastima porque es la única manera que encontró de expresar su dolor. Estas escenas se repiten en las casas y los adultos no saben qué hacer con lo que está pasando.
Estamos atravesando una crisis profunda de la salud mental infantil y adolescente. Las consultas comienzan a edades cada vez más tempranas, niños con ansiedad, adolescentes con depresión, autolesiones que se convirtieron en la manera de expresar el dolor. La OMS estima que 1 de cada 7 adolescentes tiene un trastorno de salud mental y además estima que para 2050 la depresión será la primera causa de enfermedad en el mundo.
Las guardias pediátricas reciben cada vez más niños con ataques de pánico y crisis de angustia, y detrás de cada consulta hay un niño que crece sin herramientas emocionales para comprender lo que siente, para regular su malestar o para pedir ayuda. Crecen anestesiados por la tecnología: ante cualquier emoción incómoda, una pantalla que distrae, que tapa, que posterga. Y cuando la pantalla no alcanza, no saben qué hacer con lo que sienten. Se desbordan, se abruman, manifiestan su malestar de formas que nos alertan, y los adultos debemos aprender a escuchar.
El costo de crecer sin herramientas emocionales es altísimo. Afecta la percepción de uno mismo y del mundo, afecta la autoestima, los vínculos y muchas veces los deja en riesgo.

Necesitamos reflexionar sobre nuestras formas de crianza. Entender que la salud mental es una construcción que comienza en los primeros vínculos, en los primeros años. En las palabras que van habilitando emociones, en los límites que van creando contención, en los adultos que están más disponibles para responder a las necesidades emocionales de sus hijos. En cómo validamos sus emociones y acompañamos a transitarlas.
Estoy convencida que la crianza es la herramienta más poderosa que tenemos para cuidar la salud mental de niños y adolescentes. Una crianza que enseñe habilidades emocionales, que permita habitar el malestar como parte de la vida y brinde la contención necesaria para sostener procesos que lleven a nuevos caminos. Cuando un niño dice «estoy aburrido» y en lugar de darle una tablet le preguntamos qué siente en el cuerpo, estamos dándole herramientas. Cuando validamos su enojo en lugar de pedirle que se calme, le estamos enseñando que todas las emociones son válidas. Cuando nos sentamos a su lado cuando llora sin apurarlo para que deje de hacerlo, le mostramos que el malestar se puede transitar acompañado.
Si queremos un futuro con más salud mental, tenemos que ayudar a los niños a comprender sus emociones, a nombrarlas. Ellos necesitan aprender a regularse y a pedir ayuda sin vergüenza. Porque un niño que crece con herramientas podrá transitar mejor los desafíos de la adolescencia. Y un adolescente con herramientas podrá llegar a la adultez con vínculos sanos, con proyectos, y podrá criar niños con más salud mental. Es cíclico, y podemos empezar hoy a cambiar el rumbo.
Lic. María Scipioni (M. 39519)
Psicóloga Perinatal. Especialista en terapia familiar, con niños y adolescentes.

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