La selectividad alimentaria es una preocupación creciente entre las familias. Muchas veces, los padres se enfrentan a situaciones donde sus hijos rechazan grupos enteros de alimentos, realizan arcadas ante nuevas texturas o transforman la hora de comer en un momento de tensión.
En el programa Estar Bien!, Yanett Zurita (Licenciada en terapia ocupacional – MN 3.776), especialista en terapia ocupacional, explica que, lejos de ser un simple capricho, este comportamiento suele tener causas profundas relacionadas con el desarrollo sensorial.
¿Por qué ocurre la selectividad?
Comer es una de las actividades más complejas que realiza el ser humano. Requiere la coordinación de ocho sentidos —incluyendo la propiocepción, el sistema vestibular e interocepción—, además de 26 músculos y seis nervios. Para un niño con desafíos en el procesamiento sensorial, una textura nueva puede ser percibida por el cerebro no solo como desagradable, sino como una amenaza o un dolor físico directo.
Es fundamental entender que comer es una conducta aprendida, no instintiva. Alrededor de los dos años, es común que hasta el 50% de los niños atraviesen una etapa de rechazo a alimentos conocidos o falta de interés por probar nuevos, lo cual es parte del desarrollo normal. Sin embargo, si esta rigidez se extiende, es necesario consultar a un profesional.
Estrategias de abordaje y el valor del juego
El rol de la familia es clave: se debe transformar el momento de la alimentación en un espacio de calma. La Lic. Zurita propone:
Desdramatizar: No presionar ni obligar. La comida es una asignatura y el niño es el estudiante; los adultos deben acompañar este proceso con paciencia.
La técnica de los pasos: Introducir cambios mínimos. Si el niño solo come papas en bastones, se puede empezar modificando levemente la forma sin alterar el sabor.
Enfoque lúdico: Jugar con la comida, no de manera desordenada, sino con propósitos de exploración sensorial. Permitir que el niño toque, huela y participe en la elaboración de los platos ayuda a reducir la ansiedad frente a lo desconocido.
El valor de la autonomía
Otro aspecto crucial es el respeto por la exploración. Permitir que el niño escupa si una textura le resulta intolerable es una forma de darle seguridad: saber que tiene una «salida» reduce el miedo a ahogarse o a sentirse invadido. Finalmente, se recomienda que siempre haya un «alimento seguro» en el plato que el niño sí acepte, para que la experiencia no sea totalmente negativa y mantenga su curiosidad intacta.
En conclusión, la superación de la selectividad alimentaria es un proceso paulatino que requiere empatía. A través de la terapia ocupacional y un ambiente familiar contenedor, es posible ampliar la dieta del niño y mejorar significativamente su relación con la alimentación a largo plazo.
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