Misión Júpiter y Saturno: el descenso a la locura en la trituradora de los gigantes gaseosos

En las entregas anteriores de «Pasaporte al Infierno», lidiamos con superficies rocosas letales. Mercurio nos quemaba, Venus nos aplastaba y derretía, y Marte intentaba asfixiarnos y envenenarnos. Sin embargo, al cruzar el cinturón de asteroides y llegar a los dominios de Júpiter y Saturno, las reglas del juego cambian por completo. Aquí, el mayor error que puede cometer un astronauta es usar la palabra «aterrizar».

No hay suelo en estos mundos. Son gigantescas esferas compuestas principalmente de hidrógeno y helio, donde el gas atmosférico se vuelve progresivamente más denso hasta transformarse en líquidos exóticos. Descender en ellos es un viaje de ida hacia la desintegración absoluta.

La caída a través del monstruo
Tomemos a Júpiter como ejemplo. Antes siquiera de tocar las primeras nubes, la nave se enfrentaría a un campo magnético colosal que genera cinturones de radiación millones de veces más potentes que los de la Tierra. Esta radiación freiría la electrónica no blindada y mataría a una tripulación humana en cuestión de horas.

Si lograran penetrar la atmósfera superior, comenzaría una caída libre de pesadilla. Los astronautas atravesarían espesas nubes de amoníaco y sulfuro de hidrógeno, sacudidos por vientos sostenidos de más de 600 kilómetros por hora y tormentas eléctricas con relámpagos mil veces más potentes que los terrestres. El cielo sobre ellos se oscurecería rápidamente, bloqueando la luz del Sol, mientras la presión a su alrededor aumentaría de forma exponencial.

La trituradora de presión y el océano metálico
La sonda Galileo de la NASA, que se lanzó en paracaídas dentro de Júpiter en 1995, sobrevivió apenas 58 minutos. Alcanzó una profundidad de 156 kilómetros antes de que la presión, 23 veces superior a la de la Tierra, aplastara sus sistemas de titanio y aluminio.

Para un batiscafo tripulado, el destino sería aún más lúgubre al seguir cayendo. A unos miles de kilómetros de profundidad, la presión y la temperatura (que superaría los miles de grados) harían que el gas de hidrógeno se comportara como un fluido supercrítico. Más abajo, bajo una presión de millones de atmósferas, el hidrógeno se comprime tanto que se vuelve metálico líquido. Mucho antes de llegar a este océano conductor de electricidad, cualquier nave tripulada se habría deformado, fundido y disuelto, asimilándose a la masa del planeta.

Saturno ofrece un destino casi idéntico. Aunque su gravedad general es menor que la de Júpiter, sus vientos ecuatoriales son aún más violentos, alcanzando los 1.800 kilómetros por hora. Detrás de la innegable belleza de sus anillos, aguarda la misma trituradora de presión y temperatura.

El refugio en los satélites
La única estrategia de supervivencia frente a los gigantes gaseosos es, lisa y llanamente, la cobardía táctica: mantener una distancia prudencial.

Para explorar el sistema joviano o saturniano, los humanos nunca deberán entrar en los planetas. En su lugar, las bases deberán establecerse en sus lunas. Mundos helados con superficie sólida como Calisto (en Júpiter, ubicada lo suficientemente lejos de la radiación mortal) o Titán (en Saturno, con su propia y densa atmósfera) serán los verdaderos puertos seguros. En este rincón del sistema solar, admirar a los gigantes desde lejos es la única garantía de seguir con vida.

Foto: Archivo propio IA.

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