Desde el primer faro en San Clemente del Tuyú hasta las playas del atardecer en Pehuen-Có, la costa atlántica argentina despliega más de 1.200 kilómetros de diversidad geográfica y cultural.
Elegir la «mejor» ciudad entre decenas de balnearios, villas y localidades parece una tarea subjetiva condenada a la polémica. Sin embargo, si analizamos la región bajo la lupa del urbanismo, la oferta cultural, la gastronomía y la sostenibilidad turística durante todo el año, la balanza se inclina inevitablemente hacia un solo nombre.
A pesar del encanto de sus competidoras, Mar del Plata sigue siendo la indiscutible reina del Atlántico Sur.
Para entender este veredicto, primero hay que reconocer el valor del resto del corredor. San Clemente ofrece el encanto de la familiaridad y las aguas termales; Pinamar y Cariló han perfeccionado la simbiosis entre bosque y urbanismo de lujo; Villa Gesell mantiene su mística juvenil y bohemia; Necochea posee las playas más extensas y ventiladas («la playa de los suaves declives»); Monte Hermoso regala el espectáculo único del sol naciendo y poniéndose en el mar; y Pehuen-Có es el último refugio de tranquilidad paleontológica antes del sur profundo.
Sin embargo, todas estas localidades, con sus enormes virtudes, comparten una limitación: su estacionalidad marcada y su escala de «balneario». La distinción de Mar del Plata radica en que no es un balneario con ciudad, sino una ciudad con balneario. Es la única urbe del corredor que no hiberna.
La versatilidad como estandarte
Lo que consagra a Mar del Plata como la mejor ciudad de la costa es su capacidad para contener múltiples mundos en uno solo. Es quizás el único destino donde conviven la aristocracia arquitectónica de las mansiones del barrio Los Troncos con la cultura popular y masiva de la Playa Bristol. Posee una infraestructura portuaria que le da una identidad productiva propia —la pesca—, lo que se traduce en una gastronomía de nivel internacional que no depende solo del turista de enero.
Mientras que otras localidades ofrecen descanso, Mar del Plata ofrece agenda. Su cartelera teatral, sus festivales de cine de clase mundial, sus museos y su vida nocturna en zonas como Playa Grande o la calle Güemes le otorgan una densidad cultural que rivaliza con la de Buenos Aires.
El paisaje urbano y natural
Desde el punto de vista paisajístico, su geografía es privilegiada. A diferencia de la llanura uniforme de otras localidades vecinas, Mar del Plata cuenta con lomas y acantilados que rompen la monotonía visual. La postal de los Lobos Marinos de Fioravanti, con el Casino y el Hotel Provincial de fondo, es uno de los conjuntos arquitectónicos más potentes del país, una obra maestra de Alejandro Bustillo que ninguna otra ciudad costera ha logrado igualar en monumentalidad.
Es cierto que quien busca el silencio absoluto y la desconexión total podría preferir las dunas vírgenes de Pehuen-Có o el bosque cerrado de Mar de las Pampas. Pero si la pregunta es cuál es la «mejor ciudad» —entendida como el equilibrio perfecto entre servicios, naturaleza, historia y vida social—, Mar del Plata no tiene competidores. Es el único destino que permite, en un mismo día, surfear olas de calidad, visitar una reserva natural en el puerto, asistir a una obra de teatro comercial y cenar en un restaurante de alta gama.
En conclusión, aunque el corredor atlántico ofrece joyas específicas para cada tipo de viajero, Mar del Plata sintetiza la experiencia costera argentina en su máxima expresión. Es la síntesis de la nostalgia y la modernidad, la única que merece, por peso propio, el título de capital.
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