Pensar en internet suele llevarnos a imaginar algo incorpóreo. Una nube abstracta, señales invisibles flotando en el aire o un flujo infinito de datos que viaja de un punto a otro del planeta por arte de magia. Sin embargo, el mundo digital tiene una existencia física muy real y, por descabellado que suene, se puede pesar. Si pusiéramos en una balanza toda la información que circula por la red global en este preciso instante, el resultado equivaldría, aproximadamente, al peso de una frutilla mediana: unos 50 gramos.
Llegar a este número requiere dejar de lado las toneladas de cables submarinos y servidores para concentrarse puramente en la física cuántica y en la famosa ecuación de Albert Einstein, $E=mc^2$, que demuestra que la energía y la masa son dos caras de la misma moneda. Internet funciona gracias a la electricidad, lo que significa que cada correo electrónico, cada video reproducido y cada búsqueda en la web se traduce en trillones de electrones en movimiento.
El físico Russell Seitz se tomó el trabajo de calcular la energía necesaria para mantener funcionando los cerca de 100 millones de servidores principales que sostienen la red global. Al estimar que el sistema consume unos 40 gigavatios de potencia, determinó la cantidad exacta de partículas subatómicas requeridas para esa circulación constante. Sabiendo que cada electrón tiene una masa física real, aunque infinitesimal, la suma total de esos electrones activos en un momento dado arroja la cifra de 50 gramos.
La escala cambia drásticamente si en lugar de la energía en movimiento se mide únicamente la información estática guardada. Para almacenar un bit de información en un chip, se utiliza energía eléctrica que atrapa a los electrones en un condensador. Un byte con datos grabados (lleno de unos y ceros) tiene un nivel de energía superior y, por ende, pesa un fragmento más que un byte vacío. Si reuniéramos todas las fotos, textos y códigos acumulados en los discos duros de todo el planeta, esa sutil diferencia de peso equivaldría a unas millonésimas de gramo. Toda la memoria de la humanidad pesaría menos que un grano de arena invisible.
La paradoja es total. El invento más pesado, complejo e influyente de la historia humana, capaz de transformar economías, registrar el conocimiento y conectar a miles de millones de personas en milisegundos, es, a nivel estrictamente digital, más liviano que una fruta que cabe en la palma de la mano.
Foto: Archivo propio IA.
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